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Las huellas de la hostilidad en el cuerpo: reflexionando sobre el papel de los conflictos en el bienestar

  • 8 sept 2025
  • 5 Min. de lectura


Juan Diego Rodriguez siempre llega al laboratorio con una sonrisa. Se cuenta con él, ninguno se queda sin su saludo. Es servicial, se ofrece para lo que haga falta y no duda en tender la mano a quien lo necesite. Su disposición no es solo un gesto personal, refleja también su manera de comprender los conflictos. Fue evidente cuando estuvo al frente de la presentación del primer Congreso Colombiano de Salud Cerebral, junto a Laura Moreno, logrando con su comunicación amable y emotiva generar puentes, juntar perspectivas de personas con orígenes lejanos pero con propósitos comunes. Juan Diego es, en esencia, un personaje conciliador, alguien que entiende que la ciencia también es diálogo, que los equipos funcionan mejor cuando alguien está dispuesto a jugar en todas las posiciones para que la táctica funcione. No es casual que su investigación se centre en los efectos de la hostilidad. Para él, los conflictos no son anomalías sino parte inevitable de la vida social. Hablamos con él en esta entrevis

ta en la que nos contó que Los conflictos son choques de intereses inevitables; lo que daña es cómo se gestionan. Y allí comienza a trazar un mapa de cómo las tensiones grupales se inscriben en el cuerpo y en la mente.


Cuando el conflicto se vuelve tóxico


Cuando hay violencia directa, aparecen heridas, muertes, discapacidad, ruptura de servicios básicos, desabastecimiento y empeoramiento de enfermedades crónicas, señala Juan Diego, pero advierte que el daño no siempre es tan visible: Cuando la confrontación es simbólica pero sostenida, crecen la desconfianza, la sensación de inseguridad y la incertidumbre, y con ellas el estrés persistente. La evidencia muestra que ese estrés aumenta la carga alostática, con efectos sobre sueño, presión arterial, dolor, metabolismo y estado inmune. Ese estrés, acumulado día tras día, también impacta en la salud mental, aumentando el riesgo de depresión, ansiedad y síntomas postraumáticos, sobre todo si se rompen las redes de apoyo. Por eso, insiste en que la clave no es evitar todo conflicto, sino regularlo: cosas como tener normas claras, canales de diálogo, protección a población vulnerable y reparación oportuna amortiguan gran parte del daño, pero por supuesto no son garantía.


Para Juan Diego, la hostilidad sostenida cambia nuestra manera de ver el mundo. La alta hostilidad tiende a modular lo que vemos y recordamos. La literatura muestra que aumenta el sesgo de atribución hostil (leer intención agresiva donde no la hay), fortalece estereotipos y empuja a respuestas impulsivas, facilitando actos impulsados por la ira. Esto significa que la hostilidad no solo alimenta la rabia, sino que deteriora la capacidad de decidir con claridad. Solemos sobreestimar nuestras probabilidades, asumir más riesgo y castigar con poca información. La evidencia indica que esto altera atención, memoria y flexibilidad cognitiva: prestamos demasiada atención a señales de amenaza del otro y dejamos de integrar datos que desconfirman el prejuicio”, explica. Con el tiempo, advierte, esa mirada sesgada erosiona la cooperación y empobrece la calidad de las decisiones en el trabajo, en la política y en la vida cotidiana.


Estrés crónico y envejecimiento


Aunque su proyecto no se centra en el envejecimiento, Juan Diego comprende la necesidad científica que tenemos de resonar con las investigaciones de la vejez .El estrés crónico suma ‘microgolpes’ fisiológicos, como huellas físicas que la literatura reúne bajo carga alostática. Cuando es alta y sostenida, se asocia con cambios en corteza prefrontal e hipocampo, y con peor rendimiento en atención, memoria de trabajo y memoria episódica. La ira sostenida, la ansiedad y la rumiación, añade, elevan esa carga y consumen recursos cognitivos. Con los años, esto se traduce en más olvidos, menor velocidad para resolver problemas y dificultades para cambiar de estrategia. La evidencia sugiere que es posible reducir estrés y disminuir el impacto, pero es un área de estudio aún, sobre todo porque la hostilidad no solo afecta la salud por medio de aumentar el estrés.


La memoria colectiva como medicina o como herida


La hostilidad no solo se transmite entre individuos, también se hereda en las comunidades. La memoria colectiva es la historia compartida de lo vivido; en ese sentido puede ser un escudo o una carga según el contexto del conflicto y los grupos implicados, explica. En escenarios que buscan mitigar los conflictos, si la memoria organiza el dolor en marcos de verdad y reparación, fortalece la cohesión, la seguridad percibida y el apoyo mutuo, y con ello mejora la salud mental, pero cuando esa memoria fija a la comunidad en un relato de agravio permanente, lo que alimenta es ansiedad, miedo y hostilidad que se transmiten entre generaciones. El trabajo fino está en cómo se narra: con reconocimiento del daño, responsabilidades claras y espacios para el encuentro, esa memoria protege; si bloquea el cambio, enferma. De su trabajo con bases de datos y revisión de literatura, Juan Diego concluye que la hostilidad alta hace daño a personas y colectivos y no puede tratarse como algo inevitable. Debe abordarse como salud pública. Para él, las intervenciones deben moverse en dos niveles simultáneamente:

  • Estructural: para reducir desigualdades, asegurar servicios básicos, disminuir la polarización, proteger a las comunidades y garantizar entornos seguros.

  • Cotidiano: para entrenar habilidades socioemocionales, regular el enojo, enfrentar prejuicios y sesgos, reducir la deshumanización y fomentar contacto cooperativo con metas comunes.


Los programas comunitarios con agentes locales y espacios escolares han mostrado mejores resultados que las acciones aisladas. Y un hallazgo clave: El punto que más diferencia quién sufre peores efectos es la seguridad y compañía que el grupo da o que cada uno percibe. La evidencia es consistente en que el apoyo social amortigua el estrés y protege salud y conducta. Por eso, insiste en reconstruir redes, en que cada quien asegure su parche, mediante equipos barriales, puentes entre escuela y familia, centros seguros y líderes locales formados, siempre con prioridad en las comunidades más vulnerables.


En un país atravesado por la violencia, Juan Diego cree que la ciencia debe tener un papel activo: La ciencia tiene el deber de informar caminos que hayan demostrado ser exitosos aportando mecanismos y métricas. Explica cómo actúan amenaza intergrupal, deshumanización y sesgos, y con eso guía políticas para prevenir escaladas y promover cooperación. Agrega que la ciencia puede evaluar qué funciona en diálogo social, reparación, medios y escuela; además de  acompañar procesos de justicia transicional incorporando la salud mental. Pero también tiene el deber de ser una ciencia abierta y transdisciplinaria, trabajando con Estado, organizaciones y comunidades, para reducir la hostilidad hoy y proteger la cognición y el bienestar de quienes vienen.


Al conocer un poco a Juan Diego se nota que su interés en los conflictos no es solo académico. Él mismo encarna la actitud de quien quiere unir cabos sueltos. Su amabilidad cotidiana, su capacidad de escuchar y su disposición a servir lo convierten en un puente viviente. Como en aquel congreso que ayudó a presentar, su tono sereno y conciliador permitió que personas con trayectorias distintas encontraran puntos de encuentro. Con el recordatorio poderoso de que la ciencia también se construye desde la confianza y la cooperación. Quizás, ahí esté la clave para sanar las huellas que la hostilidad ha dejado en nuestros cuerpos y memorias.

 
 
 

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