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Aprender con el cuerpo: exploración, juego y neurodesarrollo

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Carlos Rivera, investigador en formación del programa D43, abre la Semana del Cerebro explorando cómo el juego, el cuerpo y la curiosidad dan forma al cerebro en desarrollo.



Este mes Colombia celebra la Semana del Cerebro (16 al 22 de marzo), un espacio para acercar la neurociencia a todas las personas y comunidades. Este año el foco es el cerebro en desarrollo, y desde el laboratorio de Cognición, Neurociencia y Contexto del Doctorado en Neurociencias nos planteamos responder a la pregunta ¿cómo aprenden el cerebro y el cuerpo de los niños y niñas a través de los sentidos y el juego? Nuestro cerebro y cuerpo van desarrollándose a la par. Desde los primeros años de vida el cerebro va integrando toda la información que llega del mundo interno y externo: las canciones de cuna, las caricias, el arrullo para dormir, los olores, los sabores e incluso los dolores y palpitaciones. Esta capacidad del sistema nervioso se llama integración multisensorial, un concepto que tiene que ver con que el sorprendente cerebro no solo recibe sensaciones, sino que las organiza para poder actuar en el mundo de forma coordinada y eficiente.


Pensemos en comer una manzana: los ojos identifican sus colores, los dedos sienten la cáscara y la forma, el brazo y la mano llevarla hasta la nariz para sentir su aroma cítrico y en la boca el sabor dulce o ácido; todo al mismo tiempo, el cerebro integra todo en el cuerpo para una sola experiencia con sentido. Este proceso va a ser aprendido y va a incidir la próxima vez que tengamos una experiencia multisensorial similar.



El cerebro no aprende recibiendo en soledad información del mundo como si fuera una esponja, aprende actuando en él. Desde este enfoque enactivo, la percepción y la acción son inseparables, forman un bucle continuo entre el cuerpo, el cerebro y el entorno. Cuando un bebé estira el brazo hacia un sonajero, no está solo ejecutando un movimiento, está aprendiendo. Las sensaciones que ese movimiento genera, lo que funciona y lo que no, van reconfigurando su sistema nervioso. Aprende haciendo, y al hacer, su cerebro construye anticipaciones cada vez más precisas sobre cómo responderán y estarán en el mundo los juguetes, las cosas y las otras personas. Un bebé que intenta agarrar algo y falla, que gatea y tropieza, que empuja y siente resistencia, está afinando ese modelo interno. El cerebro (muy especialmente en los niños y niñas) no es un receptor pasivo de información, sino un gran predictor que se va perfeccionando con cada experiencia vivida en el cuerpo.


Lo que vivimos y experimentamos de manera repetida va dejando huella no solo en nuestras conexiones neuronales sino también en cómo se expresan nuestros genes, es lo que la epigenética nos enseña sobre el peso duradero de las experiencias tempranas. ¿Y cuál es el mejor escenario para que todo esto ocurra? El juego. Durante los primeros siete años, el cerebro conectado con muchos otros órganos se especializa en el procesamiento sensoriomotor: aprende tocando, moviéndose, explorando, errando. Un niño que trepa, que moldea plastilina, que baila, que rueda en el pasto, está construyendo su cerebro, no solo es entretenimiento, cada juego es un ciclo de acción, retroalimentación sensorial y ajuste, exactamente una espiral como la base del aprendizaje.

Un estudio reciente encontró que entre los 0 y los 9 años se consolidan las grandes redes neuronales, y que las conexiones que más usamos y reforzamos son las que se mantienen [1].


El juego es esa principal ocupación de los niños en que, literalmente, el sistema nervioso interactuando con todo el cuerpo deciden qué conexiones valen la pena. Sin embargo, no todos los niños y niñas viven estas experiencias de la misma manera, y eso define nuestra diversidad a la hora de procesar el mundo multisensorial que nos rodea. Algunos pequeños disfrutan el columpio, otros lo evitan. Algunos buscan el contacto físico constantemente, otros se incomodan con ciertas texturas o sonidos. Esa complejidad es parte de quienes somos. Siempre hay señales que vale la pena observar y atender: dificultades persistentes con el movimiento o el equilibrio, reacciones muy intensas a sonidos, texturas u olores, retrasos en poder entender o expresar el lenguaje, o dificultades para concentrarse y relacionarse con otros. Si algo te genera duda, consultar con un profesional siempre será una buena idea.


¿Qué podemos hacer para apoyar este proceso? Más que una lista de actividades, se trata de una actitud que observa, acompaña y confía en el juego como el mejor maestro del cerebro y el cuerpo en desarrollo. Más juego libre, menos pantallas en los primeros años. Espacios para trepar, rodar, ensuciar las manos, explorar texturas, moverse. Leer en voz alta, cantar, abrazar. No apresurarse a enseñar letras y números antes de que el cuerpo haya aprendido a moverse y sentir en el mundo, pues el cerebro tiene sus propios tiempos y respetarlos es uno de los mejores regalos que podemos dar. En la misma medida blindar la dimensión social con el afecto, la ternura, y un compartir que comprenda también las formas en que las diferencias y el conflicto contribuyen profundamente al desarrollo integral.



La responsabilidad no recae únicamente en cada adulto, hogar o familia. A nivel gubernamental y comunitario, la investigación nos ha mostrado que las desigualdades e inequidades sociales inciden en el desarrollo, la estructura y la función del cerebro. Los cuerpos y cerebros en desarrollo se ven afectados por múltiples factores personales, familiares y sociales, y tenemos una responsabilidad colectiva al respecto.


Como terapeuta ocupacional con interés en las neurociencias, puedo decirte que nuestros sentidos y sus reacciones a través del movimiento comunican al cerebro y al cuerpo todo lo que hay y pasa en el mundo, hacen parte de nuestra identidad, potencian nuestra independencia en la vida diaria y sobre todo, nos dicen mucho sobre el neurodesarrollo. Celebrar la Semana del Cerebro es también una invitación a mirar con más atención y menos prisa a los pequeñines que nos rodean, y a jugar con ellos. Muy seguramente nos beneficiaremos juntos.


Referencias

[1] Mousley, A., Bethlehem, R. A. I., Yeh, F.-C., & Astle, D. E. (2025). Topological turning points across the human lifespan. Nature Communications, 16(1), 10055. https://doi.org/10.1038/s41467-025-65974-8

 

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