Entrevista | Andrés Casas y las huellas biológicas de la violencia
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En América Latina, las discusiones sobre salud mental, violencia y reconstrucción social están replanteando los límites entre neurociencia, ciencias sociales y políticas públicas. En ese cruce se sitúa el trabajo de Andrés Casas, investigador doctoral en neurociencias y Research Fellow del Boris Mints Institute de la Universidad de Tel Aviv, cuya trayectoria explora cómo el estrés, la desigualdad y los contextos de amenaza dejan huellas en el cerebro y en el comportamiento colectivo.
Desde iniciativas como Neuropaz, Casas ha articulado neurociencia social, ciencias del comportamiento y estudios de paz para investigar fenómenos como la polarización, la memoria emocional y la flexibilidad cognitiva. Su enfoque propone entender el cerebro como un órgano profundamente contextual, moldeado por las relaciones sociales, la violencia, las narrativas y las condiciones cotidianas de vida.
En esta conversación, reflexiona sobre salud cerebral colectiva, reconciliación y las posibilidades de construir intervenciones públicas y comunitarias informadas por evidencia científica:
Andres, tu investigación vincula biología, ambiente y comportamiento. ¿Qué puede enseñarnos esta perspectiva sobre cómo diseñar intervenciones o políticas que fortalezcan el bienestar y la salud mental en comunidades afectadas por la violencia o la desigualdad?
AC:
Todo pasado nunca fue mejor. Por dos milenios la tradición hegemónica en que se convertirían en las ciencias sociales y las políticas del desarrollo nos embarcaron como planeta en los efectos de la separación entre mente y cuerpo. El siglo XXI se inauguró con la fuerza de una marea contraria a la corriente estandar de la ciencia sobre las sociedades humanas: una basada en evidencia más realista de los homo-sapiens y de sus territorios, 300 mil años sepués de nuestra entrada en la escena universal.
La integración entre biología, ambiente y comportamiento ha permitido entender que el bienestar no es solo un estado individual, sino un sistema intergeneracional de relaciones entre el cerebro, el cuerpo y el contexto colectivo. En comunidades afectadas por violencia o desigualdad, el cerebro se adapta para sobrevivir: aumenta la reactividad al estrés, se rigidizan los patrones cooperación y de pensamiento (“mindfreeze”) y se debilita la capacidad de salir del propio barrio cognitivo, así como de imaginar futuros posibles.
Desde esta perspectiva, la reciente escuela de las intervenciones basadas en ciencia, reconoce que no estamos solo modificando actitudes, conocimientos o prácticas; sino afectando sistemas neurobiológicos profundamente moldeados por la adversidad. Este enfoque, que podemos llamar “Bruneano” o de ciencia translacional, también muestra que los cambios sostenibles no se logran únicamente con información o talleres, sino ajustando el entorno para que los comportamientos saludables y prosociales sean la opción más fácil, atractiva, segura y socialmente nutritiva.
La evidencia de las ciencias del comportamiento y la neurociencia social indica que la flexibilidad cognitiva, el sentido de agencia (personal y colectiva), y las normas sociales positivas se pueden entrenar mediante experiencias concretas y repetidas: espacios que reduzcan la amenaza, que fomenten la interacción segura entre grupos, ofreciendo una inclusión crítica, activando valores compartidos. Esto permite disminuir la carga cognitiva y fisiológica del estrés, así como abrir la puerta a narrativas más cooperativas.
Por último, esta perspectiva revela que las políticas más efectivas combinan tres niveles: narrativas que amplían lo imaginable, diseños culturales y urbanos que facilitan comportamientos prosociales, y experiencias que entrenan el cerebro para salir del ciclo de supervivencia.
En tus investigaciones has explorado cómo las experiencias, los contextos y hasta los ambientes sociales pueden dejar huellas biológicas. ¿Qué te ha enseñado esa mirada sobre la manera en que las relaciones colectivas se inscriben en el funcionamiento del cerebro?
AC:
La evidencia neurocientífica muestra que las relaciones colectivas no son solo experiencias sociales: literalmente moldean la arquitectura y el funcionamiento del cerebro. Cuando vivimos en contextos de conflicto, exclusión o desconfianza, el cerebro aprende a priorizar la vigilancia, la amenaza y la autoprotección. Esto fortalece circuitos asociados a la inflexibilidad cognitiva y a la dificultad para actualizar creencias, incluso cuando aparece nueva información. En los estudios con víctimas, excombatientes y comunidades en territorios afectados por la violencia, esto se manifiesta como patrones persistentes de reactividad y “mindfreeze” que no son rasgos individuales, sino adaptaciones de las redes de referencia a entornos hostiles.
Lo contrario también es cierto: las experiencias de cooperación, reconocimiento y vínculos seguros activan redes cerebrales asociadas a la empatía, la mentalización y la apertura. El cerebro puede regenerarse porque es un órgano profundamente plástico: está diseñado para cambiar estructural y funcionalmente en respuesta a la experiencia.
La neurociencia ha demostrado que incluso después de largos periodos de estrés, violencia o amenaza, el cerebro mantiene la capacidad de generar nuevas conexiones sinápticas, reorganizar redes y recuperar funciones afectadas. Ambientes seguros, relaciones de apoyo, interacciones cooperativas y experiencias que reducen la carga de amenaza activan sistemas neurobiológicos de reparación —desde la disminución del cortisol hasta el fortalecimiento de circuitos prefrontales implicados en la regulación emocional y la flexibilidad cognitiva. En otras palabras, si la adversidad deja huellas biológicas, las experiencias positivas también pueden escribir nuevas huellas, lo que abre una ventana realista y científica para la curación individual y colectiva.
La interacción positiva entre grupos, la exposición a narrativas humanas y el contacto regulado —como lo han mostrado mis intervenciones con RV y los estudios de basadas en medios con nuestros aliados Neuropaz— pueden reentrenar al cerebro para reducir sesgos, flexibilizar creencias y reabrir la capacidad de imaginar convivencia. Es un recordatorio de que la reconciliación no es únicamente un proceso político o verticalmente impuesto: es un entrenamiento biológico colectivo producto de la interacción iterada, directa o indirecta.
Las comundiades con las que he trabajo me han enseñado que el cerebro es profundamente social: nuestras sinapsis responden a normas, expectativas y emociones compartidas. Las comunidades generan “climas neurobiológicos” que pueden amplificar el miedo o potenciar la confianza. Entender esto ha permitido colaborar para diseñar políticas que reduzcan la carga de amenaza, fortalezcan redes de apoyo y activen la sensación de pertenencia. En otras palabras, lo colectivo se inscribe en el cerebro, y por eso las transformaciones sociales requieren intervenciones que hablen simultáneamente al individuo, a su biología y al ecosistema relacional e hibrido (físico, simbólico, natural, artificial) que la rodea.
Colombia vive procesos simultáneos de posconflicto, persistencia de la violencia y reconstrucción comunitaria. Desde su perspectiva, ¿qué tipo de intervenciones basadas en evidencia podrían tener mayor impacto en salud cerebral?
AC:
En un país que vive al tiempo posconflicto, violencia persistente y la reconstrucción comunitaria, las intervenciones con mayor impacto en salud cerebral son las que reducen la “carga de amenaza crónica” en la vida cotidiana. Esto implica políticas que aumenten la previsibilidad del entorno (servicios públicos confiables, transporte digno, reglas claras), espacios seguros para gestionar de forma pacífica y efectiva la vida comunitaria, así como apoyos sociales concretos para aliviar el estrés económico. El indicador de impacto se puede traducir en menos estrés tóxico que significa menos hiperactivación de los sistemas de alerta, y más capacidad para regular emociones, aprender y relacionarse de manera compasica con propios y extraños.
En segundo lugar, necesitamos intervenciones probadas que entrenen explícitamente la flexibilidad cognitiva y emocional en contextos grupales. Programas de reconciliación, justicia transicional, educación ciudadana, trabajo comunitario y ojalá mucho voluntariado que combinen: contacto intergrupal cuidadoso, narrativas de reconocimiento y ejercicios prácticos de perspectiva (por ejemplo, a través de VR, role-play, trabajos colaborativos). La evidencia muestra como estos ayudan a “descongelar” mentes, corazones y vínculos. Son espacios donde el cerebro aprende, de manera encarnada, que es posible actualizar creencias, confiar selectivamente y construir nuevas formas de cooperación y definición de límites sanos para las interacciones.
La belleza de este loco siglo, es que entramos en una época en que las intervenciones más potentes son las que conectan estos niveles con políticas públicas sostenidas en el tiempo. No basta un taller o una campaña. Se requiere, como lo propusieron Wislon Lopez, Andrés Moya y Felipe De Brigard en Neuropaz IV, el pasado Noviembre en la Javeriana: sistemas de salud biopsicosocial comunitaria, escuelas y universidades que incorporen habilidades socioemocionales basadas en evidencia, y mecanismos de justicia restaurativa que reduzcan la sensación de marginación, impunidad y abandono.
En Colombia, esto significa articular procesos como la JEP, los programas de reincorporación y las iniciativas locales como semillas de Apego, Memoria y Verdad en Montes de María, o las iniciativas de cultura ciudadana con una agenda explícita de salud cerebral: menos amenaza, más agencia, más vínculos significativos. Dese nuestro Laboratorio en la Javeriana. Hernando Santamaría y Pablo Reyes lideran poderosas e innovadoras alianzas que nos inspiran a crecer buscando a privados y públicos que desean probar un camino divergente de colaboración informada por la neurociencia.
Has escrito sobre salud mental, polarización, memoria emocional y toma de decisiones. ¿Cómo se ha transformado su comprensión de estos fenómenos y qué vacíos conceptuales identifica que debamos abordar con urgencia en la región?
Mi comprensión de la salud biopsicosocial, la polarización, la memoria emocional y la toma de decisiones ha pasado de verlos como fenómenos individuales a entenderlos como procesos profundamente encarnados, en-redados, colectivos y situados. Hoy sabemos que la “salud mental” no es solo clínica, sino también política y territorial: depende de cuánta amenaza percibe el cerebro en su entorno, de la calidad de nuestras interacciones y de las narrativas disponibles para interpretar la realidad. La polarización, por ejemplo, no surge porque “la gente piensa distinto”, sino porque ciertos contextos se benefician de la activación de circuitos de amenaza, rigidez cognitiva y memoria emocional selectiva que hacen difícil actualizar creencias y confiar en el otro. De manera reciente, colegas como Leor Zmigrod y Nafees Hamid, han contribuido muchísimo a la neurociencia del extremismo, así como a posibles remedios para vincularlos a lo que en los 1960 inicio y hoy Sander van der Linden avanza como inmunología cognitiva.
En este camino he visto que la memoria emocional —lo que nuestros cuerpos recuerdan de un país desigual o violento— influye más en la toma de decisiones que los análisis racionales. Esto explica por qué la polarización se mantiene incluso cuando hay evidencia que invita a la cooperación: seguimos respondiendo a huellas biológicas y emocionales no resueltas. Pero también he aprendido que esas huellas pueden cambiar: cuando el entorno reduce la amenaza, cuando hay experiencias de reconocimiento crítico, y cuando las instituciones envían señales claras de justicia y cumplimiento, el cerebro recupera su capacidad de flexibilidad y de imaginación social más inclusiva.
El vacío más urgente en la región es que seguimos diseñando políticas e intervenciones como si fueramos marcianos, como si la mente funcionara aislada del contexto. Necesitamos integrar —de manera seria— neurociencia social, ciencias del comportamiento y políticas públicas para entender cómo el estrés estructural, la desigualdad, la violencia y la desconfianza erosionan la cognición y la salud mental.
También falta prestar atención al naciente marco conceptual propuesto por los trabajos liderados por Agustín Ibañez y Hernando Santamaría sobre salud cerebral colectiva: cómo los sistemas sociales crean climas emocionales que impactan a comunidades enteras. Sin cerrar ese vacío, seguiremos tratando síntomas sin transformar las condiciones que los producen, cambiando leyes sin cambiar normas, y cambiando de discursos sin cambiar narrativas.
En un país donde los desafíos sociales, la desigualdad y los efectos persistentes de la violencia siguen moldeando la salud mental y las condiciones de vida de millones de personas, su trayectoria apunta a una investigación con profundas implicaciones humanas. Desde esa perspectiva, y considerando la experiencia que ha acumulado en Neuropaz y otros proyectos, ¿en qué preguntas o líneas de trabajo está concentrando actualmente su atención y qué horizontes de investigación considera prioritarios para los próximos años?
AC:
Hoy concentro mi atención en un dos grandes preguntas empíricas.
Primero ¿cómo reducimos la inflexibilidad cognitiva y el “mindfreeze” producido por contextos de amenaza crónica, para desbloquear la capacidad colectiva de cambio? Junto con hernando Santamaría estudiamos con víctimas, excombatientes, fuerzas militares y comunidades afectadas por la desigualdad, si la rigidez cognitiva no es un rasgo, sino una adaptación biológica al estrés y a la incertidumbre. Esto abre una línea de investigación prioritaria: desarrollar biomarcadores y protocolos experimentales —EEG, tareas de cambio de reglas, estudios con VR— que permitan medir y entrenar la flexibilidad cognitiva en poblaciones diversas, no como un fin clínico, sino como un motor para la sanación, la convivencia prosocial, la toma de perspectiva inclusiva y crítica; y la reconciliación.
En 2026 vamos a explorar una segunda pregunta clave junto con Boaz Hameiri y el equipo del ERC INTERVENE. Queremos abrir la “caja negra” de cómo se cierra la brecha entre individuo y sistema mediante intervenciones sociopsicológicas que actúan simultáneamente sobre creencias, emociones y entornos. La apuesta es entender, con métodos experimentales, cómo pequeñas experiencias de reconocimiento, reducción de amenaza y perspectiva pueden escalar a cambios institucionales y comunitarios, modificando no solo actitudes individuales sino también dinámicas de desconfianza, polarización y rigidez estructural. Nuestro trabajo busca demostrar que, cuando se intervienen los puntos de contacto entre el cerebro y el contexto —desde narrativas hasta diseños urbanos y políticas públicas— es posible transformar patrones colectivos de comportamiento y crear sistemas más cooperativos y resilientes.
Mientras tanto, con el equipo de innovación pública del secretario Miguel Silva en la Alcaldía de Bogotá estamos tratando entender cómo las políticas públicas pueden convertirse en intervenciones neuroambientales. Es decir, cómo el transporte público, el espacio urbano, los servicios sociales, la justicia y las narrativas institucionales modulan la carga de amenaza y la “prosocialidad colectiva”. En proyectos como la estrategia de apropiación del Metro de Bogotá, los estudios en cultura ciudadana y las evaluaciones de servicios a la ciudadanía, estamos explorando cómo ciertos entornos —predecibles, seguros, colaborativos— pueden reconfigurar patrones de atención, reducir estrés tóxico y activar valores prosociales en gran escala.
Finalmente, estoy priorizando para 2026 una agenda regional latinoamericana con el equipo de la Fundación SURA para construir un marco latinoamericano de ciencia del cerebro y comportamiento aplicado al fortalecimiento y expansión del capital social en contextos de desigualdad y violencia persistente.
Mi horizonte para los próximos años es claro: pasar del dicho al hecho. De diagnósticos a soluciones escalables que permitan a nuestras sociedades pensar mejor de sí mismas y, sobre esa base, construir futuros más seguros, imaginables y cooperativos.
Las reflexiones de Andrés Casas evidencian una transformación importante dentro de las neurociencias contemporáneas, comprender el cerebro no solo desde lo individual, sino también desde los contextos sociales, políticos y emocionales que lo atraviesan. Conceptos como salud cerebral colectiva, carga de amenaza o flexibilidad cognitiva adquieren así una relevancia particular para América Latina y para países como Colombia, donde la violencia y la desigualdad siguen impactando la vida cotidiana. Su trabajo plantea la necesidad de construir puentes entre investigación científica, políticas públicas y experiencias comunitarias, entendiendo que las relaciones humanas, los entornos y las narrativas también moldean el cerebro. En ese horizonte, pensar la salud cerebral implica también pensar las condiciones sociales que hacen posible la convivencia, la cooperación y la imaginación de futuros compartidos.
Para más referencias al trabajo de Andrés:



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