¿Puede nuestra forma de hablar revelar cómo está envejeciendo el cerebro?
Un nuevo estudio publicado en Science Advances, desarrolló un “reloj del habla” capaz de estimar la edad a partir de características acústicas y lingüísticas y relacionarla con distintas dimensiones del envejecimiento cerebral, biológico y social.

Nuestra manera de hablar cambia con los años. El ritmo, las pausas, el tono de voz, el vocabulario o la forma en que organizamos una idea pueden contener información que va mucho más allá de nuestra edad cronológica.
Una nueva investigación publicada en Science Advances exploró precisamente esa posibilidad. El trabajo, desarrollado por una amplia colaboración internacional, contó con la participación de Pablo Reyes y Hernando Santamaría-García, investigadores del Laboratorio de Cognición, Neurociencia y Contexto, junto con Hernán Hernández, Lizeth Katherine Pedraza, Agustín Ibáñez y científicos de diferentes instituciones internacionales.
El equipo desarrolló un “reloj del habla” mediante modelos de aprendizaje automático entrenados con información de 2.928 personas de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú, incluyendo adultos sanos y personas con deterioro cognitivo leve, enfermedad de Alzheimer y distintas formas de demencia frontotemporal.
Una edad escondida en nuestra manera de hablar
Los investigadores analizaron cientos de características acústicas y lingüísticas, entre ellas la velocidad del habla, las pausas, el tono, el vocabulario, el contenido emocional y diferentes propiedades semánticas del discurso.
A partir de estas señales, los modelos aprendieron a estimar la edad de cada participante. La diferencia entre la edad cronológica y la calculada mediante el habla permitió establecer una “brecha de edad del habla” (speech age gap): una medida de cuánto más joven o envejecido parece el patrón de habla de una persona respecto de su edad real.
Lo interesante fue lo que ocurrió al comparar esa medida con otras dimensiones del envejecimiento. Una mayor brecha de edad del habla se relacionó con indicadores de envejecimiento cerebral obtenidos mediante neuroimagen y con envejecimiento epigenético, además de diferencias en cognición, funciones ejecutivas, memoria y funcionamiento cotidiano.
Del habla a las demencias
El reloj también mostró diferencias entre los distintos grupos estudiados. Las personas cognitivamente sanas presentaron perfiles de habla relativamente más jóvenes, mientras que se observaron mayores brechas en participantes con enfermedad de Alzheimer y demencia frontotemporal.
En las personas con Alzheimer, además, la edad estimada mediante el habla mostró asociaciones con p-tau217, un biomarcador sanguíneo relacionado con la patología de la enfermedad.
Estos resultados sugieren que integrar múltiples dimensiones del lenguaje y la voz podría ofrecer información que no aparece cuando cada característica se analiza de manera aislada.
El contexto social también deja huellas
Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que el reloj del habla no se relacionó únicamente con cerebro y cognición.
Los investigadores encontraron también asociaciones con el exposoma social, es decir, con el conjunto de condiciones sociales acumuladas a lo largo de la vida. Entre ellas se encuentran factores relacionados con educación, situación socioeconómica, inseguridad alimentaria, acceso a servicios de salud y experiencias durante etapas tempranas de la vida.
El habla aparece así como una posible ventana hacia distintas dimensiones que interactúan durante el envejecimiento: cerebro, biología, cognición y contexto social.
Una herramienta prometedora para estudiar el envejecimiento
El reloj del habla todavía no es una herramienta diagnóstica para detectar demencia. Será necesario validar estos modelos longitudinalmente, en otras poblaciones, lenguas y contextos, y determinar hasta qué punto pueden anticipar cambios cognitivos futuros.
Sin embargo, el potencial es significativo. A diferencia de otras mediciones, el habla puede registrarse de manera no invasiva, repetida y con recursos relativamente accesibles. Esto abre posibilidades para desarrollar nuevas herramientas de investigación y seguimiento de la salud cerebral, particularmente en regiones donde el acceso a tecnologías diagnósticas especializadas continúa siendo desigual.
La participación de Pablo Reyes y Hernando Santamaría-García desde el Laboratorio de Cognición, Neurociencia y Contexto hace parte, además, de una investigación construida con información de cinco países latinoamericanos, contribuyendo a ampliar la representación de la región en el estudio global del envejecimiento y las demencias. El estudio plantea así una posibilidad poderosa, algo tan cotidiano como nuestra manera de hablar podría contener señales de cómo están envejeciendo nuestro cerebro y nuestro organismo, pero también de las condiciones sociales que han acompañado ese proceso a lo largo de la vida.



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